sábado, 9 de mayo de 2026

El imperativo dogmático de Lacan usando Antígona: Apología a la muerte (Parte 3)

3- Para ampliar lo que hemos referido sobre Antígona en relación a la Anorexia, será provechoso estudiar aquí la muerte de Sócrates con su entramado de "no ceder" al deseo.

Como vimos anteriormente, al elevar a Antígona como el paradigma de la ética del deseo como brillo estético, Lacan hace una operación de abstracción simbólica que ignora el exceso del ideal del yo libidinal en su tejido.

En su afán por priorizar el orden del Significante (lo Simbólico) y luego el vacío de la Cosa mágica (Real), Lacan excluyó la inercia del narcisismo como fuerza.

Lacan pone Antígona desde el deseo puro, rechazando que ese "deseo" siempre estará pegoteado a una imagen idealizada. Lacan separa artificialmente la pulsión del yo-ello. Al no leer el narcisismo en juego, Lacan no ve que Antígona y la Anorexia está llena de su propio Ideal. Es un Yo que se devora a sí mismo para no ser devorado por la Ley cultural.

En el Masoquismo Narcisista, Freud nunca se dejó engañar por la "nobleza" del sufrimiento o deseo puro. Para Freud, el masoquismo moral es la forma más refinada de omnipotencia del Yo.

Lacan, al "romantizar" el no ceder en su deseo, olvida que ese "no ceder" puede ser la terquedad más absoluta de un narcisismo secundario que prefiere la destrucción antes que la castración.

Si Antígona no cede, es debido a su Ideal del Yo que resiste en su fijación pulsional. Eso no es ética, es hipertrofia imaginaria yoica.

Aquella "hiancia" ahuecada de intervalo que refiere Lacan del vacío, en el caso de Antígona, es en realidad el punto donde el Yo se vuelve absoluto en su saturación libidinal (lo mismo en la Anorexia).

Antígona en su "no ceder", es un acto que obligó a toda Tebas a cuestionar a Creonte. El Coro, los ciudadanos y el mismo Creonte se ven forzados a producir un nuevo pacto ante el escándalo del entierro reivindicado. Antígona no solo explica su deseo, lo hace acto frente al resto.

Como veremos más adelante, se asemeja a Socrátes en lo mártir que conduce a su muerte ante toda Ley precedida. Sócrates no te da el saber, te pone frente a la verdad del "no saber", para que tú tengas que inventar o rechazar lo sabido.

Simplificando lo anterior revisado, Antígona impone su Ley (venganza social y lazo sanguíneo), Sócrates impone su incitación a un "seguro" no-saber que aplaste la justicia ciudadana, cargando de culpa al resto por su condena (como si fuese Jesuscristo) y la Anoréxica impone su resistencia Ideal. Como ya vimos, la Anorexia es la versión narcisista des-carnada de lo que en los otros dos son bajo mártir narcisista de venganza.

¿Pero no sería la Anoréxica quien generaría mayor "perplejidad" (como diría Platón)? Su insatisfacción de no comer, no viene envuelto en un supuesto "heroísmo" de lo mártir ni en la elegancia de la ironía socrática, sino en la crudeza del hueso cadavérico que se asoma. Siguiendo la lógica de Lacan: ¿Es posible que la Anoréxica sea la única que realmente no engaña ni cede a su deseo? En Lacan, Antígona sale de la alienación porque elige su muerte antes de otra oferta o "bien". La anoréxica queda alienada en su Ideal, intenta controlar despellejando su cuerpo, pero al final, su voracidad por resistir al Idel, la termina controlando a ella.

¿Será que la anoréxica es nuestra Antígona contemporánea y no la entendemos porque no soportamos la terquedad de un cuerpo que dice "No" a todo lo que nosotros creemos que es "el Bien"? Antígona conservaría alguna sed del "Bien en sí" con su pacto de sangre y su exhibición de la injusticia.

Por su lado, Sócrates aloja su "Bien en sí" con la crítica que remueve todo cimiento por muy firme que aparente. Hace su "magia" de parir "mayéuticamente" algún no saber, mediante el efecto de saber que no se puede saber.

¿Pero la Anorexia en su privacidad qué nos aportaría en la colectividad? Allí es donde Lacan en su caprichoso moralismo tacha a la anorexia como algo sin el brillo bello en su "no ceder" según el "deseo que lo habita".

Si esquivamos el prejuicio de Lacan para escuchar la Anorexia, mientras ennoblece a Antígona. La Anorexia en su delgadez exclama una ironía sobre el consumismo. Ella aún más que Sócrates cuestiona los cimientos sociales marcando un interrogante: ¿Qué es lo que realmente nos alimenta?. Aquí la Anorexia deja en claro que su "no ceder" es más silencioso para la Polis, pues no acuden en masa a ver su espectáculo como si fuese mártir (Antígona y Sócrates). De la anorexia solo ven algo doloroso sin anestesias heroicas, sin mantos de "brillo", horroriza directamente por "no ceder" su deseo Ideal.

Antes de ir por el caso Aimée, me adelanto en poner a debate: ¿Quién cede en el crimen? ¿No cede al deseo al momento de romper los fantasmas que la persiguen? ¿No habría "brillo" en el cuchillo de Aimée?, o más bien, ¿Ese brillo fue totalmente absorbido por Lacan para volverse él mismo famoso con su Tesis Doctoral? ¿Acaso Lacan no vio una "belleza" que valga la pena exponer a los demás? Seguramente aquí para Lacan, esa vía directa del "no ceder" que Aimée da muerte directa (sin aquellos exhibicionismos propios de la Polis), no le pareció suficiente mente estético al capricho de Lacan.

Retomando a Freud, la anorexia come, come en exceso Ideales, rellena de Ello su Yo ideal, en un empuje voraz constante en su Super Yo competitivo, devora todo a su paso por un nuevo ideal de mayor tamaño a compararse, tapa sus arterias con grasa narcisista por sobre el planeta entero. Su fuerza constante es la comparación a un Ideal más allá del mundo, una líbido anquilosada a rellenar de Yo su mundo. Su Ideal debe vencer en terreno a todos aquellos que viven de su narcisismo secundario y le imponen "ceder". Idealmente, alcanzar la detención del tiempo como "narcisismo primario" tiene "meta" pulsional, su "fuente" es no abrir la boca, su "objeto" es decir "no" a las contingencias, su "empuje" es la fuerza constante de derribar todo límite que le resista para no ceder. No ceder a su deseo es el triunfo ante la castración, desmentir el hambre del resto de los mortales que abren la boca por bocados insignificantes, puesto que, el autoerotismo narcisista de la anoréxica cobraría su Falo propio, rompe el Tótem de la horda fraterna que paga un precio de su narcisismo para vivir en sociedad: le da asco el pacto, está sobre de. Si muere o no, puede lamentarlo, pero no cede contra el pecho bueno que lo mantiene con vida, pues, para la anoréxica un pecho malo denigrado a su Ideal narcisista. Llorará su familia, aún cuando ella misma no quisiera morir, pero su asco, por lo que comen los demás, ya no cede, no negocia, no media, no rectifica, no cede ante la fijación narcisista ideal del cual resiste adherida-a-Ello.

Más que nunca la Anorexia revela esa decadente tesis de Lacan de que el deseo es la metonimia siempre evanescente por la "Falta", vale decir, la satisfacción siempre es aplazada por otro objeto de deseo que nos incita una nueva excusa para movilizarlos por el vacío que detenta el deseo. "Desear no comer" sin otra meta más que mantener su deseo erguido sin descanso o resolución acabada, junto donde, el ahuecamiento del $ujeto-barrado haga barrar a todo lo que se coma, que "nada" se aloje en lograr un objeto concreto para satisfacción "Como-Meta". La única proteína válida es el Ideal en su hambre de desear por fuera de los bienes comunes, la imagen narcisista en fijación la embulle de sí misma (tal como el Mito de Narciso) sin otro trayecto a remitir a nuevas huellas por metabolizar.

Si la anoréxica "no inspira" belleza a Lacan (a diferencia del supuesto heroico mártir en Socrátes o Antígona), es porque la anorexia va más allá en su "no ceder" que Antígona o Sócrates.

Sócrates se ve confinado ante la justicia, Antígona se ve expuesta a defender su lazo de sangre. La anorexia no solicita una Polis entera que la escuche en su último discurso para "no ceder", ni tampoco un hermano a quien dar sepultura. Esto a Lacan le debió horrorizar sin poder encontrar ese supuesto "brillo" de belleza, puesto que, Lacan cede, cedió ante el deseo, con su propia lógica no logró llevarla a su coherencia.

Es mejor para Lacan hablar de la Anorexia como una neurosis histérica atrapada en un vacío y una queja por la Demanda del Otro. No quiere ver el narcisismo que se teje, el Ideal que la engorda, la voracidad de competir y el empuje a comparar lo que otros mortales hacen.

La anorexia es más severa de lo que Lacan podría tolerar. Interpela al Médico o la Madre, desde su cuerpo demacrado para decirle: "Tú no sabes lo que me pasa, tu comida no me da asco".

La anoréxica a diferencia de Antígona que hace lazo social con su ciudad y con el Coro, la anoréxica quede atrapada en un bucle donde el Amo nunca está lo suficientemente castrado para angustiar, siempre podría repudiar más a cada nuevo desafío que le impongan "a comer". Socrátes y Antígona tiene un solo camino: revelar la injusticia, el no saber de la sociedad, adjudicarle la culpa de lo que será su muerte. Pero esto último, resulta más ajeno en el modo narcisista de la Anorexia.

La anoréxica que "no cede" está cerca de Antígona, cuando ella se queda en el "brillo" de su sacrificio, momento que el Amo (el médico o la madre) confiesan su impotencia y angustia. Pero también, la Anorexia al igual que Sócrates, ella muere para que la Verdad no sea aplastada por las Opiniones (Doxa) del resto.

Lacan al evitar modalidades clínicas como la historia diacrónica, hacer consciente lo inconsciente, la elaboración, recordar, interpretar sentidos latentes, construir hipótesis provisorias (Freud, 1937), mediar, negociar (incluso ceder), etc. Lacan solo tiene el corte, el corto-circuito, la expulsión de la sesión, el rimar fonemas, repetir palabritas, acting de psicodrama, enigmatizar, guardar semblante silencioso cadavérico. Resulta obvio que Lacan no tendría otro remedio que dar a la Anorexia un lugar sin brillo ni heroísmo, a lo que, en cambio, hipócritamente sí elogia con apología de la muerte al "no ceder" de Sócrates y Antígona para su conveniencia dogmática.

Lacan omite que Antígona, en su venganza contra Creonte, ella podría matar directamente a Creonte con sus manos (tal como lo hizo Aimée), pero decide matarlo socialmente en el Coro donde se exhiben. Matarlo físicamente sería un acto criminal común, pero matarlo socialmente exponiendo su inconsistencia es una operación exhibicionista. Ella pone su cuerpo como mártir como medio de denuncia que el Amo está castrado. Antígona requiere del Amo para barrarlo. Sin el dictamen de Creonte, el deseo de Antígona en su "no ceder" no tendría dónde anidar. Su "no" requiere la existencia de un prójimo a quien vengarse socialmente.

Así mismo lo revela Antígona cuando reclama:

-"Si los dioses aprueban mi muerte, yo sufriré resignada el castigo de mi falta; pero, si soy inocente... ¡que sufran la misma pena los que tan injustamente me castigan!".

- "¡Ciudadanos de Tebas, mi patria! Miradme colocada en el sendero fatal y por última vez contemplando la claridad del sol: ¡ya nunca más lo veré!"

- "Patria mía, opulentos hijos de esta ciudad, fuentes dirceas, bosques sagrados de la belicosa Tebas, vosotros sois testigos del abandono en que me veo, y del cruel decreto por el que me llevan a ser encerrada en una prisión para que me sirva de sepultura. ¡Mísera de mí!".

- "(relator:) "a la vista del cadáver desnudo, estalló en gemidos; exhaló sollozos y comenzó a proferir imprecaciones contra los autores de esa iniquidad."

Sería iluso también considerar a Sócrates como un calmado ignorante por la verdad, en su ruta escéptica que edificó frente la Polis. Ingenuo especialmente quienes creen que en su condena a muerte, Sócrates se mantuvo pleno "calmo" ante sus fieles con paz noble, puesto que decidió jugar a ser escéptico hasta el final con tranquilidad meditativa.

Como decreta Sócrates en su proceso por la pena de muerte, reclama:

- "¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis."

- "Yo voy a sufrir la muerte, a la que me habéis condenado, pero ellos sufrirán la iniquidad y la infamia a que la verdad les condena. Con respecto a mí, me atengo a mi castigo, y ellos se atendrán al suyo. En efecto, quizá las cosas han debido pasar así, y en mi opinión no han podido pasar de mejor modo.”

- "En verdad, atenienses, por demasiada impaciencia y precipitación vais a cargar con un baldón y dar lugar a vuestros envidiosos enemigos a que acusen a la república de haber hecho morir a Sócrates, a este hombre sabio, porque para agravar vuestra vergonzosa situación, ellos me llamarán sabio aunque no lo sea. En lugar de que si hubieseis tenido un tanto de paciencia, mi muerte venía de suyo, y hubieseis conseguido vuestro objeto, porque ya veis que en la edad que tengo estoy bien cerca de la muerte. No digo esto por todos los jueces, sino tan sólo por los que me han condenado a muerte, y a ellos es a quienes me dirijo."

Es muy inocente pintar a Sócrates como el mártir bajo el cuestionamiento "sin ceder", aún ante la muerte, quien "no cede" en su mayéutica plena. Sería muy ingenuo creer que el motor de la renuncia a la vida en su calma ante sus discípulos, le neguemos como fin, su calculada contemplación en vengarse para sembrar la sombra de la ignorancia a todos como contra-condena y dejar la carga de culpa a la Polis por haberlo sacrificado.

Sócrates no fue "pasivo" en aceptar obediente su condena, fue un estratega deliberado que despierta el apetito a sus oyentes por la re-edición de la Justicia. Hay en su ironía una agresión intelectual camuflada contra la Polis. Al seducir a todos a renunciar al saber de justicia como virtud, empleando lenguaje lacaniano, no busca la "ignorancia docta" (de un analista), sino la caída de lo que se cree Justo en su verdad. Por lo tanto, Sócrates (en jerga lacaniana) no barra al Otro para que en su agujero resignifiquen lo que en primer lugar jamás existió (posición semblante del analista). Sócrates en un disfraz sofista, denuncia la injusticia en protesta. Exhibe su condena para demostrar que la "Justicia" de la Polis es un simulacro, una copia de lo aparente. Su deseo es que la civilización se encuentre con su propia castración. El discurso del analista, como en Sócrates es desear que "nadie sepa", quiere que cada uno produzca su propia verdad desde el "desierto de lo Real" (como diría el yerno de Lacan), en lugar de repetir el saber del Amo. No es mero escepticismo, es el nihilismo a terreno para que el deseo no sea un plagio del deseo del Otro y de ninguno solo en pie.

Por fortuna, fuera del radar doctrinal de Lacan, tenemos otros ejemplos. Mediante la honestidad directa, Giordano Bruno frente a su sentencia de muerte, redobla su verdad entre quienes lo juzgan: "Ustedes, que pronuncian mi sentencia, sienten más miedo que yo, quien la recibo". Giordano Bruno "no cede" mediante un "ritual fúnebre", "ni dejando de comer", tampoco "falsa humildad mayéutica", no requiere todo esa parafernalia exhibicionista, va de frente en su verdad y no claudica por la Ciencia (a diferencia de Galileo quien negó su propia ciencia ante la iglesia). 

Giordano Bruno contrasta con el Sócrates que erige Lacan, donde su "regalo troyano" es la soledad absoluta del saber, mientras que Antígona nos regala una tragedia para encubrir esa soledad. Diferente en la Anorexia donde su "no ceder", pese a no contar con la misma apreciación para Lacan, omite que la Anorexia intercede en un: "No como para que veas que tu saber sobre mí es falso".

Citando en Sócrates su legado al destierro del saber y al vacío por la verdad (cuestiones que tanto goza Lacan de Ello):

- "Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia."

- "He aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo."

- "Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos."

- "me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»"

- "todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada. Intrigantes, activos y numerosos, hablando de mí con plan combinado y con una elocuencia capaz de seducir, ha largo tiempo que os soplan al oído todas estas calumnias que han forjado contra mí".

- "He aquí, atenienses, la verdad pura; no os oculto ni disfrazo nada, aun cuando no ignoro que cuanto digo no hace más que envenenar la llaga; y esto prueba que digo la verdad, y que tal es el origen de estas calumnia"

- "¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos?".

Lacan en su Seminario 8 instala el idealismo ("ruina del alma") posicional del analista mediante la imagen de Sócrates:

- "El psicoanalista no puede dar más que un signo, pues el signo que hay que dar es el signo de la falta de significante; es el único que no se soporta, porque provoca angustia. Sin embargo, es el único que hace acceder al otro a lo que es la naturaleza del inconsciente: a la ciencia sin consciencia, de la cual ustedes comprenderán que Rabeleis dijera que es la "ruina del alma"."

- "Que algún sujeto pueda ocupar el lugar del puro deseante, abstraerse, escamotearse él mismo en la relación con el otro, de cualquier suposición de ser deseable, esto que les estoy diciendo lo materializan las respuestas de Sócrates."

- "El sentido de la palabra "saber" es a lo que apunto a propósito de la posición del analista, y justifica la imagen ejemplar de Sócrates."

- "en nuestra topología, este espacio del entre dos muertes está, como tal, en estado puro, y vacío el lugar del deseo, como tal, el deseo no siendo allí, más que su lugar en tanto que no es para Sócrates más que el deseo del discurso, de discurso revelado, revelando para siempre, de donde resulta claro, la atopía del sujeto socrático mismo tanto así que nunca antes fue ocupado por ningún hombre, así de purificado este lugar del deseo."

Lacan persiste en declarar su moralismo en ese aclamado instante, donde el $ujeto-barrado-agujerado-ahuecado se agota de luchar frente al Amo y optaría por una vida propia habitando un Vacío inconsistente perpetuo.

Sin embargo, todo esto es el engaño que nos vende Lacan, en su "no ceder", se experimentan los excesos narcisistas ideales que invalidan toda incursión a un ahuecamiento-afánisis y/o agujero vacío "central".

Los casos revisados son una respuesta del narcisismo secundario neurótico por la castración del narcisismo primario. Cada uno de ellos están envueltos en un Ideal del yo incorruptible. El panorama mezcla en un mismo síntoma estética y ética co-determinándose mutuamente en una compulsión a la repetición. Desde el rigor de la Metapsicología, no se trata de heroísmo trágico, ni ética del vacío, son pliegues narcisistas intentando re-mediar la herida de la castración.

En Antígona, su Narcisismo apunta al Sacrificio, su "brillo" no es deseo puro, es un Ideal del Yo hipertrofiado. El compromiso sintomático excava su propia Trampa, dado que al morir por su hermano, Antígona recupera la omnipotencia del narcisismo primario: "Soy la única tiene la verdad de Ley". Su sacrificio es una inversión, paga con vida para salvar una imagen de perfección moral. Desde el mártir, deja al espectador (Creonte y a la Polis) como el villano castrado de la escena.

Sócrates nos muestra su orgullo desafiante en su pliegue narcisista ante quienes le condenan:

- "Hubiera sido para vosotros una gran satisfacción haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que estáis viendo todos los días en los acusados. Pero en medio del peligro, no he creído que debía rebajarme a un hecho tan cobarde y tan vergonzoso, y después de vuestra sentencia no me arrepiento de no haber cometido esta indignidad, porque quiero más morir después de haberme defendido como me he defendido, que vivir por haberme arrastrado ante vosotros."

De Sócrates podemos ver el Narcisismo de su "ignorancia" como falsa humildad intelectual. El fin narcisista de Sócrates siembra la sombra de la ignorancia al resto. Bajo la Oratoria de "solo sé que no sé nada" es una maniobra del Yo Ideal. Es la soberbia de la humildad, donde Sócrates se coloca en una posición de superioridad narcisista frente a los jueces: "Yo soy el único que sabe que no sabe". Al obligar a todos a renunciar al saber, Sócrates realiza una venganza narcisista contra la polis que lo rechaza, dejándolos culpables por no cuestionar la Justicia que ellos rigen.

Finalmente en la Anoréxica, encontramos un Narcisismo omnipotente en su no nutrirse. Su narcisismo secundario pacta un compromiso letal para obtener control. Al evitar comer por una estética, al mismo tiempo fusiona su ética de "no ceder a comer", dicho alimento narcisista le permite recuperar su peso engordando su Ideal ante cada desafío. Desde el control omnipotente sobre su cuerpo, territorio donde el narcisismo primario puede solventar sin castración rival, domina de forma absoluta "qué entra y qué sale" desde su oralidad erógena.

Sostiene una "huelga" inconsciente donde teje ser "toda-en-una" bajo su delgadez, negando la dependencia biológica, el Narcisismo primario adquiere por fin su obeso triunfo.

Para Freud, recordemos, el Yo es un depósito de objetos abandonados, el Ideal del Yo es el heredero de cicatrices tras el narcisismo primario. Todos (Antígona, Sócrates y la Anoréxica) están intentando ser "Su Majestad el Bebé" una vez más, pero por medios trágicos o lógicas ideales.

De este modo, no hay nada que se le parezca a un mágico vacío creador ex-nihilo ni un deseo-para-la-muerte, más bien, hay un Yo intentando buscar un atajo Ideal para su omnipotencia, con el alto precio en arriesgar su propia muerte: dar brillo Ideal como única fijación pulsional, pero que al final, por "no ceder" a su deseo, se desmorona la fuente de luz que la sustenta.

Lacan intenta "salvar" al sujeto mediante la ética, pero Freud nos recuerda que, debajo de la túnica de Antígona y de la cicuta de Sócrates, lo que hay es un Yo herido haciendo teatro exhibicionista para no aceptar que es insignificante.

Siguiendo a Freud, el psicoanálisis no radica en una "ética del deseo" lacaniana, es en realidad el lento proceso de aceptar que somos "castrados" sin necesidad de convertir la herida en un espectáculo heroico para "no ceder".

Si recordamos la apología al suicidio sobre las "mañanas que cantan" de Lacan (1973), se encuadra con el perfil de analista que encuentra en Sócrates. En el Fedón, Sócrates nos relata:

-"Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza."

- "Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte."

- "los verdaderos filósofos se ejercitan para la muerte, y que esta no les parece de ninguna manera terrible. Piénsalo tú mismo. Si desprecian su cuerpo y desean vivir con su alma sola, ¿no es el mayor absurdo, que cuando llega este momento, tengan miedo, se aflijan y no marchen gustosos allí, donde esperan obtener los bienes porque han suspirado durante toda su vida y que son la sabiduría, y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio?"

La aclamada Antígona de Lacan, no se queda atrás en su "no ceder" hacia a la muerte, tal como ella se autocomplace:

- "Si muero antes de tiempo, será una dicha para mí. ¿Qué cosa hay entre tan grandes males como afligen mi vida que no me haga mirar la muerte como un bien? Por lo tanto, la suerte que me espera no me causa ningún dolor".

Un ejemplo ilustrativo de ese "no ceder" ante el deseo que lo habita, que ya expusimos sobre Lacan en su Seminario 7, lo resume Sócrates al declarar:

- "Por consiguiente, siempre que veas a un hombre estremecerse y retroceder cuando está a punto de morir, es una prueba segura de que tal hombre ama, no la sabiduría, sino su cuerpo, y con el cuerpo los honores y riquezas, o ambas cosas a la vez. —Así es, Sócrates. —Así, pues, lo que se llama fortaleza, ¿no conviene particularmente a los filósofos? Y la templanza, que sólo en el nombre es conocida por los más de los hombres; esta virtud, que consiste en no ser esclavo de sus deseos, sino en hacerse superior a ellos, y en vivir con moderación, ¿no conviene particularmente a los que desprecian el cuerpo y viven entregados a la filosofía?"

- "manteniendo todas las pasiones en una perfecta tranquilidad y tomando siempre la razón por guía, sin abandonarla jamás, el alma del filósofo contempla incesantemente lo verdadero, lo divino, lo inmutable, que está por cima de la opinión; y nutrida con esta verdad pura, estará persuadida de que debe vivir siempre lo mismo, mientras permanezca adherida al cuerpo; y que después de la muerte, unida de nuevo a lo que es de la misma naturaleza que ella, se verá libre de todos los males que afligen a la naturaleza humana."

Lacan subvierte el "ceder-negociar" hacia la categoría del Acto. Es decir, un fin que como acto no implique más medios en rodeos. El Acto deja de ser un proceso en las mediaciones o negociaciones y se convierte en producto directo como agujero.

Si Lacan no ancla el acto en la diacronía (la historia) del sujeto, el "no ceder al deseo" se convierte en una licencia para el capricho al nivelarlos como "estructuras ahuecadas" sincrónicamente.

En cambio para Freud, la fijación narcisista (ideal) infantil hay que disolver, metabolizar o perlaborar. Pero Lacan solo ve una "verdad" que hay que formalizar y decretar su atravesamiento emulando corto circuitos con el corte de sesión. Como riesgo, en Lacan esto puede parecer un nihilismo ilustrado: si no hay "cura" más allá de aceptar el vacío, ¿para qué tanto rodeo? De modo que Lacan erige a Sócrates como el lugar del analista en su Ideal nihilizador.

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