jueves, 14 de mayo de 2026

El imperativo dogmático de Lacan usando Antígona: Apología a la muerte (Parte 4 final)

Volviendo a Freud, hacer consciente lo inconsciente no es un CEDER vs NO CEDER, es transformación como mediación de lo que se va haciendo consciente, permitiendo nuevas vías facilitadas posibles para decidir o re-pactar.

Mientras Lacan empuja al sujeto a un "todo o nada" trágico del "no ceder" (Antígona y Sócrates), Freud propone la mediación-conciliación (elaboración, interpretación y construcción). Hacer consciente lo inconsciente no es elegir entre ser un mártir o un ciudadano dignificado por la muerte. Contrario al extravío de Lacan, regresando a Freud, es descubrir los hilos del tejido biográfico y del narcisismo para que el sujeto deje de ser "actuado" por sus represiones. En otras palabras, dejar de ser actuado ante lo que "no cede", no según a ese "conforme a un deseo que lo habita" que nos sermonea Lacan, más bien, desde Freud, es des-con-formar la pulsión mediante nuevos enhuellamientos transformadores que crean nuevas vías para metabolizar.

El psicoanálisis freudiano al constatar que el Yo nunca será pleno trasparente a sí, su clínica no busca que el Yo sea amo de su propia casa, pero tampoco un "héroe" de su tumba. Que Freud revele la imposibilidad de poder ser pleno en su propia casa, para Freud esto no implica que no podamos explorar sus cimientos, reordenarla, mudar, sustituir o re-amoblar. Pero en la "estafa" de Lacan (apología de estafar en su Seminario 24) es convertir "la Falta" de mediación, hacia un narcisismo agujerado bajo "estética del deseo" que evite el trabajo "sucio" de la renegociación pulsional bajo diversos tipos de representaciones desde la Metapsicología Freudiana (su tópica, dinámica y económica).

 

Al elevar el "no ceder" a categoría ética, Lacan valida la inflexibilidad neurótica, donde Freud simplemente las catalogaría entre los 5 tipos de resistencia clínica. Si el sujeto se queda fijado en su "No ceder" sin pasar por la diacronía de su historia, no habrá análisis, solo apuntalamiento-escansión del síntoma para arrojar a un "no ceder" en acto que aún espera. Si no hay "ceder" que medie, lo que queda no es un sujeto libre, sino un Súper-yo punitivo que exige el sacrificio máximo (la muerte) para sostener un Ideal (el No-Saber) que es, en sí mismo, incorruptible porque no existe algo a su altura narcisista que lo frene.

 

La ética lacaniana sería una estetización de la pulsión de muerte. Al no haber negociación con la vida (elaborar y metabolizar duelo), el acto socrático es un "pasaje al acto" melancólico: un salto al vacío que busca castrar al Otro para siempre. Sócrates no muere por la verdad, muere para que nadie más pueda tener la razón (incluso si aplicara para él mismo, goza de ser el primero en decirlo o quien deja perpleja a toda una polis en su exhibición).

La propuesta de Lacan en última instancia, es una apología del sacrificio narcisista resistente, vendiéndonos "un deseo puro" al cual no ceder, pues al remover el "lastre del Yo", ya no tendría que vérselas con nada con quien negociar, solo frente al agujero vacío que atraviesa "LA" Falta "fundamental o la perpetua hiancia del ahuecado sujeto como conjunto vacío.

 

Para resumir, al elevar el vacío como categoría en la Estructura, Lacan le da un estatus ontológico al agujero que justifica con el nihilismo clínico del Otro-barrado y sujeto-ahuecado.

El yerno de Lacan y analista de Žižek, J.A Miller nos ejemplifica este método que llamó "ético y responsable" del "no ceder". Miller (1997) exponiendo el caso de una paciente que llevaba 10 años sin consumo problemático por alcoholismo (sobria evitando factores de riesgo), que en función de su llamada "ética responsable" del no ceder, Miller a propósito empeora el malestar (provocando la recaída del alcoholismo) bajo la negligencia de arrastrarla al "riesgo ético":

- "Es preciso decir que durante esos diez años no bebió una gota de alcohol (...) Preguntarme si aceptaba a esta mujer en análisis fue una cuestión de orden ético. Me pareció que no se trataba de una alcohólica sino de una histérica que bebía. Fue entonces una decisión ética, y responsable, admitirla en análisis y disociarla del significante "Soy una alcohólica", significante que le permitía ser abstemia” (p.76).

Aquí Miller, a priori establece que identificarse con algún significante (cualquiera que sea) sería un mal en-sí, por tanto, desbaratarlo en un bien en-sí, NO IMPORTA qué consecuencias tenga (como veremos a continuación), pues le impone un "no ceder" al alcohol empeorando sus síntomas. Sin importar el daño que se infrinja, pues, actúo según "conforme al deseo que la habita", pues antes cedía a beber. Sin importar lo que suceda ni lo grave que ocurra, pues la pulsión mortífera debe ser libre a "no ceder".

Luego, dos años empezado el "tratamiento", Miller (1997) sin pudor nos relata su "ética del riesgo":

- "Después de dos años volvió a beber. Fue el primer resultado del análisis, mas no fue un efecto terapéutico, sino contraterapéutico. En este tipo de suceso, se ve que introducir a una persona en una posición de sujeto implica riesgos muy amplios, riesgos que conciernen a la ética del psicoanálisis. El precio que pagué por esa decisión fue aceptar atender a esa mujer todos los días de la semana, durante cinco años, y cuando ella quería” (p.76).

Claramente Miller recibió por su negligencia, mayor dinero de su paciente al acudir más reiteradamente a sesiones por el quiebre y malestar provocado (en las mismas sesiones). En esto, podemos reconocer en Miller su ímpetu en destruir la abstinencia (por 10 años) que cede-negocia para no recaer al alcoholismo. Al direccionar su ceder, lo lleva a cruzar al "Áté" o "entre las dos muertes", para que se no ceda al alcohol. Todo esto obviamente con el módico precio para que le paguen a Miller más sesiones frecuentes, donde finalmente, ella terminó pagando el doble su condena tras regresar al alcoholismo.

Todo esto tiene exacta coherencia con lo que citamos de Lacan (S.VII) en nuestra primera parte: “En último término, aquello de lo cual el sujeto se siente efectivamente culpable cuando tiene culpa, de modo aceptable o no para el director de conciencia, es siempre, en su raíz, de haber cedido en su deseo" (p.379). Conforme al “deseo” que lo habita, como “ética” Lacan (S.VII) sermonea su dogma: "una revisión ética es posible, un juicio ético es posible, que representa esta pregunta con su valor de Juicio Final -¿Ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita? Esta es una pregunta que no es fácil sostener. Pretendo que nunca fue formulada en otra parte con esta pureza y que sólo puede serlo en el contexto analítico" (p.373). Para que finalmente, como dice Lacan (S.VII): “el polo del deseo, muestra que el acceso al deseo necesita franquear no sólo todo temor, sino toda compasión, que la voz del héroe no tiemble ante nada y muy especialmente ante el bien del otro“ p.384).

Como ya lo vimos, desde el primer Seminario, Lacan (1954) ya lo predicaba: "De esto se trata al fin de un análisis; de un crepúsculo, de un ocaso imaginario del mundo, incluso de una experiencia que limita con la despersonalización" (p.339). No olvidemos lo que revisamos del Seminario 8, donde Lacan (1961) sostenía que: “efectivamente pueda haber alguna relación del analista con Hades, la muerte, como lo ha escrito en el primer número de nuestra revista una de mis alumnas, con la más bella altura de tono. ¿Juega él o no con la muerte? Por otra parte, yo mismo he escrito que, en esa partida que es el análisis, y que seguramente no es estructurable únicamente en términos de partida entre dos, el analista juega con un muerto. Volvemos a encontrar ahí ese rasgo de la exigencia común, que debe haber en ese pequeño otro que está en él algo que sea capaz de jugar el muerto."

 

Retomando a Sócrates, no hay mayor eje narcisista que si me voy te vas conmigo (culpar a la Polis, vengarse, no ceder resistiendo), tal como en la melancolía: Si el objeto se va yo me voy a la sombra junto a él. Mientras en el duelo freudiano hay metabolización y negociación en mediación ante la sombra que deja el objeto sobre el yo, a modo opuesto, para Lacan al ser Estructura, fija el vacío del deseo como límite de una pureza heroica más allá de los Bienes cotidianos, por tanto, para Lacan no hay mediación entre el vacío puro y el Yo. Dicha "pureza heroica" que Lacan habla en el Seminario 7 (La Ética), como ya citamos en extenso anteriormente, no es más que una melancolización del deseo.

Al eliminar la "mediación o pacto civil" (el compromiso con los bienes y lo social a metabolizar) para fijarse en el vacío de Estructura, Lacan barra una estructura de la Falta hacia una posición que, desde Freud, es puramente patológica como melancolía del narcisismo.

 

Al proponer una ética que "no cede a su deseo", Lacan rompe todo "proceso secundario" freudiano y su ligadura metabólica. Sin mediación, el sujeto queda a merced de una pulsión de muerte "estética" que se disfraza de "deseo puro" a "no ceder" como "brillo". Esto que Lacan llama "atravesar el fantasma", para Freud en cambio es una fijación melancólica a la sombra proyectada que impide cualquier metabolismo vital.

 

Puesto que en el Acto del: "Si me voy, te vas conmigo" (venganza como objeto denigrado). En la melancolía, el yo se identifica con el objeto perdido ("la sombra del objeto cae sobre el yo"). Si Sócrates se identifica con el desecho (la nada), obliga a Atenas a quedar ligada eternamente a ese vacío del saber (erguido por Lacan como posición ideal de un analista que se barre a sí mismo como semblante cadavérico).

 

Podemos leer la muerte de Sócrates no solo como mera enseñanza, sino como una venganza al pueblo. Como precio narcisista contra su propia vida, cuyo costo fue que la culpa del ciudadano sea infinita (a diferencia de la historia de jesuscristo donde antes de morir perdonaría para no dejar deuda). Empleando Sócrates como defensa la ironía, ya no sería una búsqueda de verdad, sino una herramienta de castración a la polis. Dando como resultado que Sócrates se convierta en el Ideal del Yo Lacaniano, un supuesto mártir "calmado" mientras reflexiona (falsamente sereno ante la muerte), logrando la inmortalidad narcisista que la Polis le quería negar.

Pero en Lacan, en vez de ver este infatuado narcisismo, compone su apología de "atravesar el fantasma" (dejar de ser esclavo del deseo del Otro). Una especie de compactación narcisista al vacío sellado. Es decir, el sujeto se "autocompleta" mediante su propia nada como referente absoluto.

 

No hay lugar de duelo para la Polis, porque Sócrates no permite la negociación. Al beber la cicuta, congela el tiempo. Es el acto narcisista absoluto: "Mi muerte será el vacío que ustedes no podrán llenar jamás". Mediante su desaparición, aprisiona al Otro consigo. Lo mismo Antígona cuando se venga socialmente en el acto de sepultar a su hermano frente al Coro exhibido.

 

Al afirmar "Sé que no sé nada", intenta con falsa humildad, no atacar tan directamente (no es revolucionario de armas), sino que "venga" su verdad filosófica exponiendo la ignorancia del amo (la Polis ateniense y jueces). Es una venganza pasiva-agresiva, donde bebe la cicuta aparentemente con calma (como ya lo citamos, deseando directamente la venganza), pero deja a la polis con la culpa irreparable de haber matado al único "sabio". Lacan ve esto como un acto analítico que somete al $ujeto a confrontar su división, pero desde una perspectiva que "siembra nihilismo" del vacío en deseo. Vale decir, si nadie sabe, entonces la justicia es un mero "significante vacío", un mero velo sobre la Falta mística. Sócrates denuncia la justicia no como anarquista, sino como analista que revela que el Otro no existe (o está castrado), lo que erosiona-barra la fe en las Instituciones y "siembra" dudas existenciales en los ciudadanos (a excepción si adhieres a una secta lacaniana del monopolio de moda, obviamente...).

Como performance, su venganza es dialéctica y estética: No mata al amo (la polis o jueces), pero lo deja "herido" en su legitimidad, promoviendo un nihilismo epistemológico ("nada es cierto") que Lacan asocia con la ética analítica: no ceder ante el deseo, aunque uno mismo se autodestruya a sí (pero de nuevo, esto no atañe si eres matriculado por membresía en una Escuela sectaria lacaniana: una excepción al nihilismo para adorar a San Lacan en su monopolio).

 

En resumen, Sócrates se "venga" contra la polis no con violencia, sino con un "ideal de analista" que Lacan gesta bajo el nihilismo. Al denunciar la justicia como "inconsistente", en "Falta", no hay verdad ni saber, entonces queda el corte, su Real indómito cayendo al agujero. Lacan no busca calibrar su fetiche de lo "inconsistente" (pan-inconsistencia ontológica) que termina en una erosión que se devora a sí mismo en su agujero central de vacío perpetuo, esto porque uniforma los diversos tejidos complejos a la nada. El sujeto ahuecado-barrado se desintegra en la nada de un significante que remite a otro: afánisis desfalleciente, fading, intervalos místicos, etc.

En este caso, el sujeto sigue siendo esclavo, ya no de un Amo, sino de una auto-imagen idealizada, tan "brillante" que deja vacío sin silueta alguna, erosionando cualquier base o terreno a cultivar (salvo que hagamos la jerarquía piramidal del AME al AE del PASE en pasos sectarios gremiales).

El rechazo de Lacan a la Mediación como metabolización, despreciando la "mediación de los bienes" (la salud, la economía, la paz social), Lacan culmina tachándolas como meras defensas neuróticas "que ceden" frente al mágico místico das Ding de la nada purificada.

 

 

Volviendo a Freud, el Ideal del Yo es la respuesta del narcisismo secundario tras la castración de su narcisismo primario, edificando frente a ella un proyecto que le prometa un nuevo lugar futuro. Sin embargo, en el plano de "no ceder al deseo", pasamos a una "Regresión" de fijación narcisista primaria que busca recuperar su narcisismo herido por la castración a través de un Ideal del yo fijado incorrompible que no cederá. Erosionando con un vacío parar arrasar toda la tierra para cultivar.

El "no ceder" no es un acto de Libertad ética, es solo una formación de compromiso bajo repliegue narcisista heroico-mártir terco. El "morir en su ley" como vacío sin mediación-ceder, es una forma de narcisismo secundario hipertrofiado. El sujeto dice: "Prefiero morir a que mi imagen martirizada (mi Ideal del Yo) se rompa".

 

La propia Antígona deja en claro su proceder y fines:

- "Todos cuantos me escuchan elogiarían mi proceder si su lengua no estuviera encadenada por el terror."

- "Allá en el reino de la muerte, tal vez sea santificada mi acción."

- "No tenía, pues, por qué yo, que no temo la voluntad de ningún hombre, temer que los dioses me castigasen"

- "No pretendas morir conmigo, ni atribuirte una obra en la que no has puesto tu mano. Basta con que yo muera."

- "Todos piensan como yo, pero tu presencia les sella los labios".

 

Si Sócrates en su acto final de beber la cicuta, le resguarda un lugar en la historia" como el más sabio (tal como intencionalmente lo confiesa en las citas expuestas). Allí estaría efectivamente intentando restaurar su narcisismo herido por la castración del juicio. Cumpliría su venganza, manteniendo en pie su Narcisismo (Ideal del Yo). Protege una imagen, de ser "El Héroe" protagónico de cada hilo de su vida, es decir, gobierna su "Yo" frente a la "Polis". De aquí es palpable la venganza de Lacan contra la IPA, quien le cuestionó su conductismo de sesiones breves y psicodrama (que estafan peor que taxímetro adulterado).

La reivindicación narcisista de Sócrates, transita en medio del "Solo sé que no sé nada", cuya herramienta sofística le fue perfecta para desmentir la castración impuesta por el tribunal (ustedes no pueden juzgarme porque no saben nada). De este modo, el narcisismo engordado, se coloca en un lugar de superioridad moral absoluta (un "Ideal del Yo" incorruptible). Si "yo no sé nada, uds tampoco", así revela aquella verdad del no saber: un sabio que lo releva antes que cualquier resto mortal. No existiendo prueba más irrefutable que morir por Ello para demostrar su lógica para dejar su huella histórica (crucifixión sin perdón, si prefieren).

Por eso Lacan (1956, 1961), como ya vimos, predicó la cadaverización del analista ante el saber, jugar con el muerto, el Hades. Como citamos antes, el lugar del analista para Lacan es la mayéutica que direcciona "nada sé", para perfilar la partera bajo lo ex-nihilo del vacío como deseo.

 

Situarse como lugar del desecho, ser nada, un objeto errático fuera del sistema, es una purificación aún más narcisista, no en sentido de seducir al Otro que lo ame o que se autocomplete como el más sabio de los sabios, sino, como el "ignorante-sabio" que se eleva frente a todo saber trazando. Se empoderaría sin importar el precio, incluso, bajo su misma muerte.

Lacan pretende que se podría desoldar el "Yo" con el "deseo", cuestión que desde Freud es imposible. Con Freud, la pulsión siempre recorre huellas tejidas en pliegues (no es al vacío o agujero de nada), aún si desea permanecer como "desecho social", desea algo que repercute al yo narcisista con sus defensas.

 

Freud en "Duelo y Melancolía" fundamentaba que el sujeto que se rebaja a sí mismo (auto-situándose como desecho), está dirigiendo una agresión hacia el objeto que lo ha decepcionado o abandonado.

 

La Venganza Socrática al elegir la muerte y el "no saber", Sócrates no solo se borra a sí mismo, sino que borra el mundo de los jueces. Dicho de otro modo: "Si yo no soy nada, vuestras leyes, vuestra ciudad y vuestro saber son menos que nada". Situarse como el objeto desecho por la misma Polis, no es una renuncia de sí, adquiere su máxima captura de poder Yoico. Es una victoria narcisista póstuma, desde su jugada al "no ceder".

Así mismo lo declara Sócrates:

- "¿Me condenaré a destierro? Quizá confirmaríais mi sentencia. Pero era necesario que me obcecara bien el amor a la vida, atenienses, si no viera que si vosotros, que sois mis conciudadanos, no habéis podido sufrir mis conversaciones ni mis máximas, y de tal manera os han irritado que no habéis parado hasta deshaceros de mí, con mucha más razón los de otros países no podrían sufrirme. ¡Preciosa vida para Sócrates, si a sus años, arrojado de Atenas, se viera errante de ciudad en ciudad como un vagabundo y como un proscrito! Sé bien, que, a donde quiera que vaya, los jóvenes me escucharán, como me escuchan en Atenas".

 

Sócrates y Antígona optan por el circuito Masoquista moral (sufrir la muerte en su omnipotencia del sacrificio que le hace "eterno" para morir dichoso) con exhibicionismo. En cambio, Aimée opta por el reverso del circuito mediante el Sadismo (dar la muerte directa como venganza para recuperar control paranoide) como acto.

En resumen, mientras Antígona y Sócrates engordan su Yo con la gloria del mártir (Masoquismo y Exhibicionismo vengativo). Aimée intenta salvar su Yo mediante la eliminación de los perseguidores (Sadismo y Paranoia).

 

El "no ceder en su deseo" es, en la práctica, un no ceder en su puesta en escena. Ofrecerse como el objeto de la mirada para el voyerismo de la posteridad. En cambio Aimée, rompe la mirada de los juegos en espejos. Aimée no quiere que la miren, quiere que los perseguidores dejen de mirarla (paranoia). El sadismo de Aimée fue una manera de "apagar las luces" que reflejan al espejo.

 

Aimée quien se ve perseguida ante sus reflejos, siguiendo a Klein, rompe el cristal para destruir el objeto malo. En lo esquizo-paranoide, destruye al objeto interno que proyecta en lo persecutorio para conservar algo del yo-bueno. Antígona por otro lado, sabiendo que el espejo es una mentira, atraviesa detrás de él hacia el vacío, para no traicionar su verdad, ni tampoco, tener que mediar o vengarse directamente como lo hizo Aimée.

Lacan ignora en medio del deseo en Antígona, aquella exhibición performática del entierro para buscar matar la Ley con elegancia estética como venganza, es decir, decide no ser como Aimée para matar directamente a Creonte como venganza. Por lo tanto allí, Antígona encuentra su salida elegante narcisista para su ropa estética, en cambio, Aimée es más brutal (sin el fetiche brillo estético), pues no conserva ese Ideal exhibicionista de vengarse.

Como venganza elegante, Antígona no mata a Creonte porque matarlo la convertiría en una criminal vulgar. Ella prefiere matar la Ley de Creonte suicidándose lentamente, dejando al soberano con las manos sucias y el peso de la culpa.

A diferencia de lo que pasa en la anorexia o el crimen de Aimeé, la Antígona de Lacan encontraría lo Estético como "brillo" entre sus "dos muertes". Vale decir, una venganza social que no agrede físicamente, pero es igualmente destructiva. Esto siembra perplejidad con horror en los ciudadanos, el Coro aclama, denunciando la justicia acontecida. Luego, Creonte va perdiendo su familia y su legitimidad colapsando dentro de su propia Ley. Antígona no cede ante el deseo, cuya fidelidad exhibe su motor narcisista (tu Ley vs mi Ley), dejando al Amo "herido" sin violentarlo físicamente. Aquello abarcó un montón de rodeos y Coros expuestos, en cambio, Aimée a su modo cruza el umbral atacando físicamente, rompiendo los espejos de sus perseguidores.

 

Lacan saborea más complacido con Antígona, pues tiene el ingrediente de "belleza" en una barrera que frena el horror (detiene la perplejidad ante la anorexia y de Aimée). Al morir Antígona "con elegancia", ella se asegura de que su Ideal del Yo permanezca intacto y eterno. Transforma su narcisismo como ideal de mártir en santidad. Antígona intenta domesticar lo vulgar del narcisismo mediante la "estética" para que parezca "ética", justamente lo que Lacan celebra en "no ceder a su deseo".

En otras palabras, Lacan impuso elevar a "ética" la sublimación del odio mediante lo "estético". Antígona como estilista de la venganza se exhibe ante la Polis, mientras que Aimée es la venganza sin maquillaje estético. Por esta razón, Lacan no pone el acto de Aimee como ético pues no tiene el condimento estético (a su capricho culinario). La ética de Lacan es, en el fondo, una estética de la resistencia yoica: "No ceder en su deseo" es el nombre elegante que da Lacan a una fijación narcisista que prefiere la muerte antes que la pérdida de su Ideal del yo.

 

¿Se puede purificamente desoldar el Yo del Deseo pleno? Para Freud obviamente no, el deseo siempre tiene una base pulsional (libidinal). No hay deseo "puro" o "desinteresado" del narcisismo con los pliegues del Yo en sus ideales. Si Sócrates o Antígona desea morir en su ley, hay una satisfacción libidinal (masoquista o narcisista primaria) en ese acto. El Yo y la pulsión están soldados, el "yo ideal" sigue operando incluso en el martirio.

Para Lacan, el final de un análisis aspira a una "desidentificación" pura. Lacan pretende que el sujeto puede operar desde un lugar que no sea el "yo" (imaginario), sino desde la "falta-en-ser" ahuecada en un núcleo vacío purificado.  Pero que desde Freud, en buena parte, sigue siendo una patología narcisista entre el yo-ideal vs Ideal del Yo.

 

Desde Freud, el "no ceder" de Sócrates, Antígona o de la anoréxica no es un acto de Libertad, sino una formación de compromiso del Yo en su Narcisismo.

Como capricho, el niño que dice "no" a la comida está ensayando su primera soberanía, escupe la leche materna (pecho malo). La anoréxica que lleva esto hasta la muerte no está siendo "ética", está atrapada en una fijación narcisista donde prefiere desaparecer antes que aceptar la castración (la dependencia sin omnipotencia).

Ese "brillo heroico" que habla Lacan en Antígona, es la máscara que el Ideal del Yo se pone para no ver la miseria de su propia pulsión. Antígona muere para no ser "una más": es el narcisismo por las diferencias llevado al suicidio.

 

El narcisismo primario no se pierde, se desplaza, se transforma, no hace puro vacío o nada ahuecada. Aquella posición infantil de ser el centro del universo se refugia como promesa en el Ideal del Yo que fusionaría su Yo ideal actual. La anoréxica no busca una "nada" o "vacío", busca encarnar esta perfección alucinatoria donde el cuerpo no estorba. El Yo actual (o el "Yo-piel") es sacrificado. Como no existe algo a la talla de ese Ideal, es preferible la queja o el síntoma antes que aceptar la castración de no ser el Ideal consumado. Su formación de compromiso para "no ceder", le permite al sujeto seguir "siendo especial" (en su delgadez, en su tragedia, en su fijeza) mientras cobra su venganza contra el mundo que pretende negociar o mediar a ceder.

El Yo coagulado, se vuelve una masa densa y fija en Ideal. En la Anorexia o en Sócrates, hay una fascinación por su propia estatua, estatura o talla. No hay movimiento metabólico por el exceso que obtura. Su Ideal es tan pesado que cualquier movimiento aparenta un congelamiento, del cual Lacan, lo vanagloria como el destino "vacío" del deseo, cuando en realidad, es la "gordura" del tejido narcisista como identidad, que se devora a sí misma.

 

La cura para Freud es "hacer consciente lo inconsciente", pero en Lacan no hay interés en Ello, puesto que su Sócrates y su Antígona no revelan lo inconsciente. Solamente revelaría un deseo vacío en su pasaje al acto. Lacan solamente  empareja en una aplanadora los pliegues mnémicos-pulsionales a un mero nivel de Estructura ahuecada sin anclaje a la biografía (represiones e Ideales). Por este supuesto deseo purificado que "no cede", Lacan omite todo tejido de las represiones, traumas, fantasías y pliegues del narcisismo con sus salidas e Ideales.

Sin el análisis de la historia infantil (destete, Edipo, castración, represiones), Lacan en su falta de anclaje por lo Diacrónico, Lacan "sincroniza" las estructuras (reduce en matemas, simplifica deseos en vacío, discursos a priori o mitos). Lacan al no leer completa la obra de Freud, no entiende que ese "no ceder" ante el deseo, es un Ideal hasta la muerte, un protestar sin ceder, una ética a la altura de un niño caprichoso narcisista que desmiente la castración.

Lacan propone su "ética" que justifica cualquier fantasma del síntoma o el acto (en cuanto no ceda). Mientras Freud busca que el sujeto deje de ser un "héroe" de su propia tragedia para convertirse en un sujeto conciliador-mediador que pueda trabajar y amar, aceptando que su "deseo" está hecho de restos biográficos y no de luz divina.

Aquel "no ceder al deseo" de Lacan, es la coartada perfecta para que el narcisismo lleve al sujeto hasta el abismo bajo su bandera de la "dignidad".

 

¿No será que la verdadera ética no es "no ceder", sino tener el valor de "ceder" ante el Ideal, para poder, finalmente, vivir sin la necesidad de ser un mártir?

sábado, 9 de mayo de 2026

El imperativo dogmático de Lacan usando Antígona: Apología a la muerte (Parte 3)

3- Para ampliar lo que hemos referido sobre Antígona en relación a la Anorexia, será provechoso estudiar aquí la muerte de Sócrates con su entramado de "no ceder" al deseo.

Como vimos anteriormente, al elevar a Antígona como el paradigma de la ética del deseo como brillo estético, Lacan hace una operación de abstracción simbólica que ignora el exceso del ideal del yo libidinal en su tejido.

En su afán por priorizar el orden del Significante (lo Simbólico) y luego el vacío de la Cosa mágica (Real), Lacan excluyó la inercia del narcisismo como fuerza.

Lacan pone Antígona desde el deseo puro, rechazando que ese "deseo" siempre estará pegoteado a una imagen idealizada. Lacan separa artificialmente la pulsión del yo-ello. Al no leer el narcisismo en juego, Lacan no ve que Antígona y la Anorexia está llena de su propio Ideal. Es un Yo que se devora a sí mismo para no ser devorado por la Ley cultural.

En el Masoquismo Narcisista, Freud nunca se dejó engañar por la "nobleza" del sufrimiento o deseo puro. Para Freud, el masoquismo moral es la forma más refinada de omnipotencia del Yo.

Lacan, al "romantizar" el no ceder en su deseo, olvida que ese "no ceder" puede ser la terquedad más absoluta de un narcisismo secundario que prefiere la destrucción antes que la castración.

Si Antígona no cede, es debido a su Ideal del Yo que resiste en su fijación pulsional. Eso no es ética, es hipertrofia imaginaria yoica.

Aquella "hiancia" ahuecada de intervalo que refiere Lacan del vacío, en el caso de Antígona, es en realidad el punto donde el Yo se vuelve absoluto en su saturación libidinal (lo mismo en la Anorexia).

Antígona en su "no ceder", es un acto que obligó a toda Tebas a cuestionar a Creonte. El Coro, los ciudadanos y el mismo Creonte se ven forzados a producir un nuevo pacto ante el escándalo del entierro reivindicado. Antígona no solo explica su deseo, lo hace acto frente al resto.

Como veremos más adelante, se asemeja a Socrátes en lo mártir que conduce a su muerte ante toda Ley precedida. Sócrates no te da el saber, te pone frente a la verdad del "no saber", para que tú tengas que inventar o rechazar lo sabido.

Simplificando lo anterior revisado, Antígona impone su Ley (venganza social y lazo sanguíneo), Sócrates impone su incitación a un "seguro" no-saber que aplaste la justicia ciudadana, cargando de culpa al resto por su condena (como si fuese Jesuscristo) y la Anoréxica impone su resistencia Ideal. Como ya vimos, la Anorexia es la versión narcisista des-carnada de lo que en los otros dos son bajo mártir narcisista de venganza.

¿Pero no sería la Anoréxica quien generaría mayor "perplejidad" (como diría Platón)? Su insatisfacción de no comer, no viene envuelto en un supuesto "heroísmo" de lo mártir ni en la elegancia de la ironía socrática, sino en la crudeza del hueso cadavérico que se asoma. Siguiendo la lógica de Lacan: ¿Es posible que la Anoréxica sea la única que realmente no engaña ni cede a su deseo? En Lacan, Antígona sale de la alienación porque elige su muerte antes de otra oferta o "bien". La anoréxica queda alienada en su Ideal, intenta controlar despellejando su cuerpo, pero al final, su voracidad por resistir al Ideal, la termina controlando a ella.

¿Será que la anoréxica es nuestra Antígona contemporánea y no la entendemos porque no soportamos la terquedad de un cuerpo que dice "No" a todo lo que nosotros creemos que es "el Bien"? Antígona conservaría alguna sed del "Bien en sí" con su pacto de sangre y su exhibición de la injusticia.

Por su lado, Sócrates aloja su "Bien en sí" con la crítica que remueve todo cimiento por muy firme que aparente. Hace su "magia" de parir "mayéuticamente" algún no saber, mediante el efecto de saber que no se puede saber.

¿Pero la Anorexia en su privacidad qué nos aportaría en la colectividad? Allí es donde Lacan en su caprichoso moralismo tacha a la anorexia como algo sin el brillo bello en su "no ceder" según el "deseo que lo habita".

Si esquivamos el prejuicio de Lacan para escuchar la Anorexia, mientras ennoblece a Antígona. La Anorexia en su delgadez exclama una ironía sobre el consumismo. Ella aún más que Sócrates cuestiona los cimientos sociales marcando un interrogante: ¿Qué es lo que realmente nos alimenta?. Aquí la Anorexia deja en claro que su "no ceder" es más silencioso para la Polis, pues no acuden en masa a ver su espectáculo como si fuese mártir (Antígona y Sócrates). De la anorexia solo ven algo doloroso sin anestesias heroicas, sin mantos de "brillo", horroriza directamente por "no ceder" su deseo Ideal.

Antes de ir por el caso Aimée, me adelanto en poner a debate: ¿Quién cede en el crimen? ¿No cede al deseo al momento de romper los fantasmas que la persiguen? ¿No habría "brillo" en el cuchillo de Aimée?, o más bien, ¿Ese brillo fue totalmente absorbido por Lacan para volverse él mismo famoso con su Tesis Doctoral? ¿Acaso Lacan no vio una "belleza" que valga la pena exponer a los demás? Seguramente aquí para Lacan, esa vía directa del "no ceder" que Aimée da muerte directa (sin aquellos exhibicionismos propios de la Polis), no le pareció suficiente mente estético al capricho de Lacan.

Retomando a Freud, la anorexia come, come en exceso Ideales, rellena de Ello su Yo ideal, en un empuje voraz constante en su Super Yo competitivo, devora todo a su paso por un nuevo ideal de mayor tamaño a compararse, tapa sus arterias con grasa narcisista por sobre el planeta entero. Su fuerza constante es la comparación a un Ideal más allá del mundo, una líbido anquilosada a rellenar de Yo su mundo. Su Ideal debe vencer en terreno a todos aquellos que viven de su narcisismo secundario y le imponen "ceder". Idealmente, alcanzar la detención del tiempo como "narcisismo primario" tiene "meta" pulsional, su "fuente" es no abrir la boca, su "objeto" es decir "no" a las contingencias, su "empuje" es la fuerza constante de derribar todo límite que le resista para no ceder. No ceder a su deseo es el triunfo ante la castración, desmentir el hambre del resto de los mortales que abren la boca por bocados insignificantes, puesto que, el autoerotismo narcisista de la anoréxica cobraría su Falo propio, rompe el Tótem de la horda fraterna que paga un precio de su narcisismo para vivir en sociedad: le da asco el pacto, está sobre de. Si muere o no, puede lamentarlo, pero no cede contra el pecho bueno que lo mantiene con vida, pues, para la anoréxica un pecho malo denigrado a su Ideal narcisista. Llorará su familia, aún cuando ella misma no quisiera morir, pero su asco, por lo que comen los demás, ya no cede, no negocia, no media, no rectifica, no cede ante la fijación narcisista ideal del cual resiste adherida-a-Ello.

Más que nunca la Anorexia revela esa decadente tesis de Lacan de que el deseo es la metonimia siempre evanescente por la "Falta", vale decir, la satisfacción siempre es aplazada por otro objeto de deseo que nos incita una nueva excusa para movilizarlos por el vacío que detenta el deseo. "Desear no comer" sin otra meta más que mantener su deseo erguido sin descanso o resolución acabada, junto donde, el ahuecamiento del $ujeto-barrado haga barrar a todo lo que se coma, que "nada" se aloje en lograr un objeto concreto para satisfacción "Como-Meta". La única proteína válida es el Ideal en su hambre de desear por fuera de los bienes comunes, la imagen narcisista en fijación la embulle de sí misma (tal como el Mito de Narciso) sin otro trayecto a remitir a nuevas huellas por metabolizar.

Si la anoréxica "no inspira" belleza a Lacan (a diferencia del supuesto heroico mártir en Socrátes o Antígona), es porque la anorexia va más allá en su "no ceder" que Antígona o Sócrates.

Sócrates se ve confinado ante la justicia, Antígona se ve expuesta a defender su lazo de sangre. La anorexia no solicita una Polis entera que la escuche en su último discurso para "no ceder", ni tampoco un hermano a quien dar sepultura. Esto a Lacan le debió horrorizar sin poder encontrar ese supuesto "brillo" de belleza, puesto que, Lacan cede, cedió ante el deseo, con su propia lógica no logró llevarla a su coherencia.

Es mejor para Lacan hablar de la Anorexia como una neurosis histérica atrapada en un vacío y una queja por la Demanda del Otro. No quiere ver el narcisismo que se teje, el Ideal que la engorda, la voracidad de competir y el empuje a comparar lo que otros mortales hacen.

La anorexia es más severa de lo que Lacan podría tolerar. Interpela al Médico o la Madre, desde su cuerpo demacrado para decirle: "Tú no sabes lo que me pasa, tu comida me da asco".

La anoréxica a diferencia de Antígona que hace lazo social con su ciudad y con el Coro, la anoréxica quede atrapada en un bucle donde el Amo nunca está lo suficientemente castrado para angustiar, siempre podría repudiar más a cada nuevo desafío que le impongan "a comer". Socrátes y Antígona tiene un solo camino: revelar la injusticia, el no saber de la sociedad, adjudicarle la culpa de lo que será su muerte. Pero esto último, resulta más ajeno en el modo narcisista de la Anorexia.

La anoréxica que "no cede" está cerca de Antígona, cuando ella se queda en el "brillo" de su sacrificio, momento que el Amo (el médico o la madre) confiesan su impotencia y angustia. Pero también, la Anorexia al igual que Sócrates, ella muere para que la Verdad no sea aplastada por las Opiniones (Doxa) del resto.

Lacan al evitar modalidades clínicas como la historia diacrónica, hacer consciente lo inconsciente, la elaboración, recordar, interpretar sentidos latentes, construir hipótesis provisorias (Freud, 1937), mediar, negociar (incluso ceder), etc. Lacan solo tiene el corte, el corto-circuito, la expulsión de la sesión, el rimar fonemas, repetir palabritas, acting de psicodrama, enigmatizar, guardar semblante silencioso cadavérico. Resulta obvio que Lacan no tendría otro remedio que dar a la Anorexia un lugar sin brillo ni heroísmo, a lo que, en cambio, hipócritamente sí elogia con apología de la muerte al "no ceder" de Sócrates y Antígona para su conveniencia dogmática.

Lacan omite que Antígona, en su venganza contra Creonte, ella podría matar directamente a Creonte con sus manos (tal como lo hizo Aimée), pero decide matarlo socialmente en el Coro donde se exhiben. Matarlo físicamente sería un acto criminal común, pero matarlo socialmente exponiendo su inconsistencia es una operación exhibicionista. Ella pone su cuerpo como mártir como medio de denuncia que el Amo está castrado. Antígona requiere del Amo para barrarlo. Sin el dictamen de Creonte, el deseo de Antígona en su "no ceder" no tendría dónde anidar. Su "no" requiere la existencia de un prójimo a quien vengarse socialmente.

Así mismo lo revela Antígona cuando reclama:

-"Si los dioses aprueban mi muerte, yo sufriré resignada el castigo de mi falta; pero, si soy inocente... ¡que sufran la misma pena los que tan injustamente me castigan!".

- "¡Ciudadanos de Tebas, mi patria! Miradme colocada en el sendero fatal y por última vez contemplando la claridad del sol: ¡ya nunca más lo veré!"

- "Patria mía, opulentos hijos de esta ciudad, fuentes dirceas, bosques sagrados de la belicosa Tebas, vosotros sois testigos del abandono en que me veo, y del cruel decreto por el que me llevan a ser encerrada en una prisión para que me sirva de sepultura. ¡Mísera de mí!".

- "(relator:) "a la vista del cadáver desnudo, estalló en gemidos; exhaló sollozos y comenzó a proferir imprecaciones contra los autores de esa iniquidad."

Sería iluso también considerar a Sócrates como un calmado ignorante por la verdad, en su ruta escéptica que edificó frente la Polis. Ingenuo especialmente quienes creen que en su condena a muerte, Sócrates se mantuvo pleno "calmo" ante sus fieles con paz noble, puesto que decidió jugar a ser escéptico hasta el final con tranquilidad meditativa.

Como decreta Sócrates en su proceso por la pena de muerte, reclama:

- "¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis."

- "Yo voy a sufrir la muerte, a la que me habéis condenado, pero ellos sufrirán la iniquidad y la infamia a que la verdad les condena. Con respecto a mí, me atengo a mi castigo, y ellos se atendrán al suyo. En efecto, quizá las cosas han debido pasar así, y en mi opinión no han podido pasar de mejor modo.”

- "En verdad, atenienses, por demasiada impaciencia y precipitación vais a cargar con un baldón y dar lugar a vuestros envidiosos enemigos a que acusen a la república de haber hecho morir a Sócrates, a este hombre sabio, porque para agravar vuestra vergonzosa situación, ellos me llamarán sabio aunque no lo sea. En lugar de que si hubieseis tenido un tanto de paciencia, mi muerte venía de suyo, y hubieseis conseguido vuestro objeto, porque ya veis que en la edad que tengo estoy bien cerca de la muerte. No digo esto por todos los jueces, sino tan sólo por los que me han condenado a muerte, y a ellos es a quienes me dirijo."

Es muy inocente pintar a Sócrates como el mártir bajo el cuestionamiento "sin ceder", aún ante la muerte, quien "no cede" en su mayéutica plena. Sería muy ingenuo creer que el motor de la renuncia a la vida en su calma ante sus discípulos, le neguemos como fin, su calculada contemplación en vengarse para sembrar la sombra de la ignorancia a todos como contra-condena y dejar la carga de culpa a la Polis por haberlo sacrificado.

Sócrates no fue "pasivo" en aceptar obediente su condena, fue un estratega deliberado que despierta el apetito a sus oyentes por la re-edición de la Justicia. Hay en su ironía una agresión intelectual camuflada contra la Polis. Al seducir a todos a renunciar al saber de justicia como virtud, empleando lenguaje lacaniano, no busca la "ignorancia docta" (de un analista), sino la caída de lo que se cree Justo en su verdad. Por lo tanto, Sócrates (en jerga lacaniana) no barra al Otro para que en su agujero resignifiquen lo que en primer lugar jamás existió (posición semblante del analista). Sócrates en un disfraz sofista, denuncia la injusticia en protesta. Exhibe su condena para demostrar que la "Justicia" de la Polis es un simulacro, una copia de lo aparente. Su deseo es que la civilización se encuentre con su propia castración. El discurso del analista, como en Sócrates es desear que "nadie sepa", quiere que cada uno produzca su propia verdad desde el "desierto de lo Real" (como diría el yerno de Lacan), en lugar de repetir el saber del Amo. No es mero escepticismo, es el nihilismo a terreno para que el deseo no sea un plagio del deseo del Otro y de ninguno solo en pie.

Por fortuna, fuera del radar doctrinal de Lacan, tenemos otros ejemplos. Mediante la honestidad directa, Giordano Bruno frente a su sentencia de muerte, redobla su verdad entre quienes lo juzgan: "Ustedes, que pronuncian mi sentencia, sienten más miedo que yo, quien la recibo". Giordano Bruno "no cede" mediante un "ritual fúnebre", "ni dejando de comer", tampoco "falsa humildad mayéutica", no requiere todo esa parafernalia exhibicionista, va de frente en su verdad y no claudica por la Ciencia (a diferencia de Galileo quien negó su propia ciencia ante la iglesia). 

Giordano Bruno contrasta con el Sócrates que erige Lacan, donde su "regalo troyano" es la soledad absoluta del saber, mientras que Antígona nos regala una tragedia para encubrir esa soledad. Diferente en la Anorexia donde su "no ceder", pese a no contar con la misma apreciación para Lacan, omite que la Anorexia intercede en un: "No como para que veas que tu saber sobre mí es falso".

Citando en Sócrates su legado al destierro del saber y al vacío por la verdad (cuestiones que tanto goza Lacan de Ello):

- "Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia."

- "He aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo."

- "Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos."

- "me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»"

- "todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada. Intrigantes, activos y numerosos, hablando de mí con plan combinado y con una elocuencia capaz de seducir, ha largo tiempo que os soplan al oído todas estas calumnias que han forjado contra mí".

- "He aquí, atenienses, la verdad pura; no os oculto ni disfrazo nada, aun cuando no ignoro que cuanto digo no hace más que envenenar la llaga; y esto prueba que digo la verdad, y que tal es el origen de estas calumnia"

- "¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos?".

Lacan en su Seminario 8 instala el idealismo ("ruina del alma") posicional del analista mediante la imagen de Sócrates:

- "El psicoanalista no puede dar más que un signo, pues el signo que hay que dar es el signo de la falta de significante; es el único que no se soporta, porque provoca angustia. Sin embargo, es el único que hace acceder al otro a lo que es la naturaleza del inconsciente: a la ciencia sin consciencia, de la cual ustedes comprenderán que Rabeleis dijera que es la "ruina del alma"."

- "Que algún sujeto pueda ocupar el lugar del puro deseante, abstraerse, escamotearse él mismo en la relación con el otro, de cualquier suposición de ser deseable, esto que les estoy diciendo lo materializan las respuestas de Sócrates."

- "El sentido de la palabra "saber" es a lo que apunto a propósito de la posición del analista, y justifica la imagen ejemplar de Sócrates."

- "en nuestra topología, este espacio del entre dos muertes está, como tal, en estado puro, y vacío el lugar del deseo, como tal, el deseo no siendo allí, más que su lugar en tanto que no es para Sócrates más que el deseo del discurso, de discurso revelado, revelando para siempre, de donde resulta claro, la atopía del sujeto socrático mismo tanto así que nunca antes fue ocupado por ningún hombre, así de purificado este lugar del deseo."

Lacan persiste en declarar su moralismo en ese aclamado instante, donde el $ujeto-barrado-agujerado-ahuecado se agota de luchar frente al Amo y optaría por una vida propia habitando un Vacío inconsistente perpetuo.

Sin embargo, todo esto es el engaño que nos vende Lacan, en su "no ceder", se experimentan los excesos narcisistas ideales que invalidan toda incursión a un ahuecamiento-afánisis y/o agujero vacío "central".

Los casos revisados son una respuesta del narcisismo secundario neurótico por la castración del narcisismo primario. Cada uno de ellos están envueltos en un Ideal del yo incorruptible. El panorama mezcla en un mismo síntoma estética y ética co-determinándose mutuamente en una compulsión a la repetición. Desde el rigor de la Metapsicología, no se trata de heroísmo trágico, ni ética del vacío, son pliegues narcisistas intentando re-mediar la herida de la castración.

En Antígona, su Narcisismo apunta al Sacrificio, su "brillo" no es deseo puro, es un Ideal del Yo hipertrofiado. El compromiso sintomático excava su propia Trampa, dado que al morir por su hermano, Antígona recupera la omnipotencia del narcisismo primario: "Soy la única tiene la verdad de Ley". Su sacrificio es una inversión, paga con vida para salvar una imagen de perfección moral. Desde el mártir, deja al espectador (Creonte y a la Polis) como el villano castrado de la escena.

Sócrates nos muestra su orgullo desafiante en su pliegue narcisista ante quienes le condenan:

- "Hubiera sido para vosotros una gran satisfacción haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que estáis viendo todos los días en los acusados. Pero en medio del peligro, no he creído que debía rebajarme a un hecho tan cobarde y tan vergonzoso, y después de vuestra sentencia no me arrepiento de no haber cometido esta indignidad, porque quiero más morir después de haberme defendido como me he defendido, que vivir por haberme arrastrado ante vosotros."

De Sócrates podemos ver el Narcisismo de su "ignorancia" como falsa humildad intelectual. El fin narcisista de Sócrates siembra la sombra de la ignorancia al resto. Bajo la Oratoria de "solo sé que no sé nada" es una maniobra del Yo Ideal. Es la soberbia de la humildad, donde Sócrates se coloca en una posición de superioridad narcisista frente a los jueces: "Yo soy el único que sabe que no sabe". Al obligar a todos a renunciar al saber, Sócrates realiza una venganza narcisista contra la polis que lo rechaza, dejándolos culpables por no cuestionar la Justicia que ellos rigen.

Finalmente en la Anoréxica, encontramos un Narcisismo omnipotente en su no nutrirse. Su narcisismo secundario pacta un compromiso letal para obtener control. Al evitar comer por una estética, al mismo tiempo fusiona su ética de "no ceder a comer", dicho alimento narcisista le permite recuperar su peso engordando su Ideal ante cada desafío. Desde el control omnipotente sobre su cuerpo, territorio donde el narcisismo primario puede solventar sin castración rival, domina de forma absoluta "qué entra y qué sale" desde su oralidad erógena.

Sostiene una "huelga" inconsciente donde teje ser "toda-en-una" bajo su delgadez, negando la dependencia biológica, el Narcisismo primario adquiere por fin su obeso triunfo.

Para Freud, recordemos, el Yo es un depósito de objetos abandonados, el Ideal del Yo es el heredero de cicatrices tras el narcisismo primario. Todos (Antígona, Sócrates y la Anoréxica) están intentando ser "Su Majestad el Bebé" una vez más, pero por medios trágicos o lógicas ideales.

De este modo, no hay nada que se le parezca a un mágico vacío creador ex-nihilo ni un deseo-para-la-muerte, más bien, hay un Yo intentando buscar un atajo Ideal para su omnipotencia, con el alto precio en arriesgar su propia muerte: dar brillo Ideal como única fijación pulsional, pero que al final, por "no ceder" a su deseo, se desmorona la fuente de luz que la sustenta.

Lacan intenta "salvar" al sujeto mediante la ética, pero Freud nos recuerda que, debajo de la túnica de Antígona y de la cicuta de Sócrates, lo que hay es un Yo herido haciendo teatro exhibicionista para no aceptar que es insignificante.

Siguiendo a Freud, el psicoanálisis no radica en una "ética del deseo" lacaniana, es en realidad el lento proceso de aceptar que somos "castrados" sin necesidad de convertir la herida en un espectáculo heroico para "no ceder".

Si recordamos la apología al suicidio sobre las "mañanas que cantan" de Lacan (1973), se encuadra con el perfil de analista que encuentra en Sócrates. En el Fedón, Sócrates nos relata:

-"Los cisnes, cuando presienten que van a morir, cantan aquel día aún mejor que lo han hecho nunca, a causa de la alegría que tienen al ir a unirse con el dios a que ellos sirven. Pero el temor que los hombres tienen a la muerte, hace que calumnien a los cisnes, diciendo que lloran su muerte y que cantan de tristeza."

- "Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante su vida sino para prepararse a la muerte; y siendo esto así, sería ridículo que después de haber proseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen, cuando se les presenta la muerte."

- "los verdaderos filósofos se ejercitan para la muerte, y que esta no les parece de ninguna manera terrible. Piénsalo tú mismo. Si desprecian su cuerpo y desean vivir con su alma sola, ¿no es el mayor absurdo, que cuando llega este momento, tengan miedo, se aflijan y no marchen gustosos allí, donde esperan obtener los bienes porque han suspirado durante toda su vida y que son la sabiduría, y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio?"

La aclamada Antígona de Lacan, no se queda atrás en su "no ceder" hacia a la muerte, tal como ella se autocomplace:

- "Si muero antes de tiempo, será una dicha para mí. ¿Qué cosa hay entre tan grandes males como afligen mi vida que no me haga mirar la muerte como un bien? Por lo tanto, la suerte que me espera no me causa ningún dolor".

Un ejemplo ilustrativo de ese "no ceder" ante el deseo que lo habita, que ya expusimos sobre Lacan en su Seminario 7, lo resume Sócrates al declarar:

- "Por consiguiente, siempre que veas a un hombre estremecerse y retroceder cuando está a punto de morir, es una prueba segura de que tal hombre ama, no la sabiduría, sino su cuerpo, y con el cuerpo los honores y riquezas, o ambas cosas a la vez. —Así es, Sócrates. —Así, pues, lo que se llama fortaleza, ¿no conviene particularmente a los filósofos? Y la templanza, que sólo en el nombre es conocida por los más de los hombres; esta virtud, que consiste en no ser esclavo de sus deseos, sino en hacerse superior a ellos, y en vivir con moderación, ¿no conviene particularmente a los que desprecian el cuerpo y viven entregados a la filosofía?"

- "manteniendo todas las pasiones en una perfecta tranquilidad y tomando siempre la razón por guía, sin abandonarla jamás, el alma del filósofo contempla incesantemente lo verdadero, lo divino, lo inmutable, que está por cima de la opinión; y nutrida con esta verdad pura, estará persuadida de que debe vivir siempre lo mismo, mientras permanezca adherida al cuerpo; y que después de la muerte, unida de nuevo a lo que es de la misma naturaleza que ella, se verá libre de todos los males que afligen a la naturaleza humana."

Lacan subvierte el "ceder-negociar" hacia la categoría del Acto. Es decir, un fin que como acto no implique más medios en rodeos. El Acto deja de ser un proceso en las mediaciones o negociaciones y se convierte en producto directo como agujero.

Si Lacan no ancla el acto en la diacronía (la historia) del sujeto, el "no ceder al deseo" se convierte en una licencia para el capricho al nivelarlos como "estructuras ahuecadas" sincrónicamente.

En cambio para Freud, la fijación narcisista (ideal) infantil hay que disolver, metabolizar o perlaborar. Pero Lacan solo ve una "verdad" que hay que formalizar y decretar su atravesamiento emulando corto circuitos con el corte de sesión. Como riesgo, en Lacan esto puede parecer un nihilismo ilustrado: si no hay "cura" más allá de aceptar el vacío, ¿para qué tanto rodeo? De modo que Lacan erige a Sócrates como el lugar del analista en su Ideal nihilizador.